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Rocío Molina en Veranos de la Villa

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Rocío Molina en Veranos de la Villa

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Rocío Molina en Veranos de la Villa

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Si corres tras el tiempo, el tiempo corre aún más deprisa. ¿Quieres detenerlo?
Te deja sin aliento y te envejece más. Hay que cogerlo in fraganti, en el presente, pero el presente está aún por construir. Hemos nacido para no envejecer nunca, para no morir jamás. No tenemos más que la conciencia de haber llegado demasiado pronto y un cierto desprecio del futuro que ya nos asegura una bonita tajada de vida. Su espectáculo Oro viejo es una oración disfrazada de chirigota y flamenco para reflexionar sobre el reloj y sus burlas. "La más importante bailaora que ha dado Málaga desde hace décadas, por no decir en cien años", al decir de Juan Verguillos, reinventa el cante jondo del siglo XXI, lo combina con ocres contemporáneos, movimientos geométricos, tirabuzones de coral y canción popular.

Rocío Molina en Veranos de la Villa

Matrícula de Honor en el Real Conservatorio de Danza de Madrid, bailaora revelación en 2008 para Flamenco de hoy, su formación académica desaparece en un zapateado milagroso. Supone el exponente máximo de una generación que ha crecido en libertad, sin temerle a los tricornios ni conocer la miseria. Responde por derecho a quienes temen que el exceso de abundancia cape al duende. Es el suyo un baile tormentoso, que huele a romero y espliego, al tiempo que exquisito, culto y sofisticado, la conjunción soñada.
Conjunción, teatro, en el que la muchachita que ha bailado con Belén Maya y Merche Esmeralda exprime sus dones. Como bailaora evita siempre la tentación exhibicionista, la metralleta de la superdotada. No hay duda de que lo es, pero lo suyo pasa por explorar estampas de luz y sombra.
Se apoya en la emoción del que evita los sensacionalismos. Más importante. Aparte de bailaora majestuosa, como coreógrafa muestra dones poco frecuentes. A diferencia de otros grandes bailaores, convencidos erróneamente de que su talento los facultaba también para diseñar coreografías, posee visión panorámica e intuición. A juzgar por lo visto en Oro viejo, los mimbres, el guión, la esencia, el golpe poético, le sobran. Sabe aprovechar los condicionantes de un presupuesto mínimo.

Con sus vericuetos bulliciosos, pasodobles cubistas, su exorcismo de voces rebozadas en sangre (nada menos que Tía Anica La Piriñaca), desplantes toreros (rezuma torería, metáforas del albero y el coso) y memorables solos, resulta el equivalente flamenco a un haikú parido entre San Fernando y la Cava Baja.
Mención especial para la partitura, obra de Paco Cruz, Rafael Rodríguez 'El Cabeza' y Sergio Martínez, la percusión del propio Martínez y la voz cuarteada, bronca y vieja, de Rosario Guerrero 'La Tremendita'. No exagero si afirmo que Molina es un prodigio. En Oro viejo habita la nostalgia intuida por una mujer joven, guajiras, tonás, milongas y limeñas en viaje del cuévano primigenio a la tumba, de la placenta a la cama revuelta y de ahí a la melancolía, los abogados, el hospital, el testamento y los deudos. O sea, el viaje a ninguna parte, aseado y circular, visto por una flamenca que saca diamantes negros, besos diurnos, a cada paso que da sobre las tablas. Julio Valdeón Blanco | Nueva York.

Rocío Molina. Oro Viejo. Jueves 11 de agosto 22h./ Jardines Sabatini
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